Escritor español
Nombre completo: Enrique Vila-Matas
Cónyuge: Paula Massot
Obras destacadas: Historia abreviada de la literatura portátil, El viaje vertical, Bartleby y compañía, El mal de Montano, París no se acaba nunca, Doctor Pasavento, Dublinesca, Montevideo y Canon de cámara oscura
Premios: Rómulo Gallegos, Herralde de Novela, Premio de la Crítica, Médicis Étranger, Fundación José Manuel Lara, Premio de la Real Academia Española, Formentor de las Letras y Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances
Distinciones: Caballero de la Legión de Honor francesa y Oficial de la Orden de las Artes y las Letras
Enrique Vila-Matas nació en Barcelona el 31 de marzo de 1948. Escritor difícil de adscribir a un solo género, ha desarrollado una obra en la que novela, ensayo, autobiografía, crítica y diario se contaminan deliberadamente. Sus personajes suelen escribir, dejar de escribir, desaparecer, apropiarse de vidas ajenas o reconstruirse mediante los libros. Esa insistencia ha dado a su literatura una identidad reconocible, pero también ha alimentado una de las reservas más frecuentes hacia ella: para algunos lectores, su universo resulta excesivamente autorreferencial y exige una complicidad intensa con la propia literatura.
Del cine a un lugar aparte
Antes de dedicarse plenamente a escribir, Vila-Matas quiso hacer cine. Trabajó en Fotogramas, escribió sobre películas y realizó a comienzos de los años setenta dos cortometrajes. El servicio militar en Melilla interrumpió aquella tentativa. Allí, en 1971, escribió Mujer en el espejo contemplando el paisaje, publicada por Tusquets en 1973. Muchos años después reunió ese libro y sus primeras narraciones bajo un título significativo: En un lugar solitario. Él mismo ha explicado que desde el comienzo tuvo la sensación de situarse en un lugar aparte dentro de la narrativa española.
En 1974 se trasladó a París y durante unos dos años vivió en una buhardilla que le alquiló Marguerite Duras. La estancia, económicamente precaria y literariamente formativa, se convirtió décadas después en materia de París no se acaba nunca. Duras fue una presencia real, pero el joven Vila-Matas aprendió también por contraste: la experiencia parisina le proporcionó un escenario desde el que inventar retrospectivamente su propia educación como escritor.
Tras regresar a Barcelona publicó La asesina ilustrada (1977), Al sur de los párpados (1980), Nunca voy al cine (1982) e Impostura (1984). Eran libros todavía minoritarios y experimentales. El punto de inflexión llegó con Historia abreviada de la literatura portátil (1985), una falsa historia de una sociedad secreta de artistas y escritores —los shandys— en la que Marcel Duchamp, Walter Benjamin y otras figuras reales conviven con la invención. Allí apareció con claridad una estrategia que iba a acompañarlo durante décadas: utilizar la tradición literaria no como decoración erudita, sino como material narrativo.
Una genealogía propia
Vila-Matas fue construyendo al mismo tiempo un canon personal. Franz Kafka, Robert Walser, Jorge Luis Borges, Samuel Beckett, Georges Perec, Raymond Roussel, Witold Gombrowicz, Fernando Pessoa, Sergio Pitol o Italo Calvino forman parte de una genealogía que atraviesa sus novelas y artículos. No se trata simplemente de influencias: sus libros leen y reorganizan a esos autores hasta convertirlos en habitantes de un mundo propio. Vila-Matas ha reconocido especialmente la importancia de Kafka, Walser, Perec y Roussel, y también la lección temprana de Juan Benet sobre la posibilidad de escribir sin acomodarse a las expectativas del público.
Durante los años ochenta y noventa aparecieron Una casa para siempre, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos, Recuerdos inventados, Lejos de Veracruz y Extraña forma de vida. En esos libros fue desplazándose desde una narrativa experimental todavía dispersa hacia un territorio cada vez más identificable. Recuerdos inventados (1994), antología personal de relatos, resumía ya en su título una de sus operaciones fundamentales: hacer dudosa la frontera entre memoria y ficción.
El viaje vertical (1999) merece un lugar específico en esa evolución. A través de Federico Mayol, un hombre de edad avanzada expulsado de su vida doméstica y obligado a emprender un viaje sin retorno, Vila-Matas abordó la vejez, el fracaso, la soledad y la pérdida de identidad desde una estructura más propiamente novelesca que en muchos de sus libros posteriores. La concesión en 2001 del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos amplió decisivamente su reconocimiento fuera de España y precedió al periodo en que su nombre dejó de pertenecer principalmente a un público minoritario.
Los libros centrales
Entre 2000 y 2005 publicó el núcleo que fijó buena parte de su reputación: Bartleby y compañía, El mal de Montano, París no se acaba nunca y Doctor Pasavento.
Bartleby y compañía (2000) convirtió a los escritores que renuncian a escribir en materia de una novela construida mediante notas, citas, episodios reales y autores inventados. El «síndrome de Bartleby», tomado del personaje de Herman Melville que prefiere no hacer lo que se le pide, permitió a Vila-Matas transformar el silencio literario en una forma paradójica de seguir escribiendo.
El mal de Montano (2002) llevó la operación un paso más lejos. Su protagonista está enfermo de literatura: interpreta el mundo a través de los libros hasta que lectura, escritura y vida pierden sus límites. Fue probablemente el momento de consagración crítica más concentrado de su carrera: obtuvo el Premio Herralde, el Premio de la Crítica y el Médicis Étranger, además de otros reconocimientos internacionales.
París no se acaba nunca recuperó los años juveniles junto a Duras desde una memoria en la que el narrador adulto desmonta con ironía la imagen romántica que había construido de sí mismo. Doctor Pasavento (2005), por su parte, hizo del deseo de desaparecer el centro de la narración y recibió en 2006 tanto el Premio Fundación José Manuel Lara como el Premio de la Real Academia Española.
Ese conjunto hizo visible internacionalmente algo que ya estaba en sus primeros libros: Vila-Matas no escribía novelas convencionales sobre escritores, sino ficciones que utilizaban la literatura para poner en duda la identidad del narrador, la propiedad de las palabras y la obligación misma de contar una historia. Esa propuesta amplió su público, aunque también consolidó la crítica de quienes ven en él una literatura destinada sobre todo a lectores muy familiarizados con otros libros.
Barcelona, amigos y artículos
Pese a la importancia de París, Dublín, Nueva York o Lisboa en su imaginario, Barcelona ha sido el centro estable de su vida adulta. Allí desarrolló buena parte de su carrera y de sus relaciones literarias. Su círculo ha sido más internacional que generacional: mantuvo una prolongada amistad intelectual con Sergio Pitol, dialogó públicamente con Paul Auster y estuvo estrechamente atento a la obra de Roberto Bolaño, además de relacionarse con numerosos escritores españoles y latinoamericanos.
Está casado con Paula Massot, profesora de literatura, a quien ha aludido también bajo el nombre de Paula de Parma. La vida privada ocupa poco espacio en la imagen pública que ha construido de sí mismo; incluso cuando introduce experiencias personales en sus libros, suele transformarlas mediante desplazamientos, máscaras y narradores que impiden leerlas como autobiografía directa.
Su actividad como articulista constituye otra vertiente esencial, y no un simple complemento de las novelas. Ha colaborado durante décadas en periódicos y revistas literarias españolas y extranjeras. En El País mantiene la serie Café Perec, donde comenta libros, escritores, actualidad cultural y formas de lectura. Parte de esa escritura breve alimenta el mismo territorio que sus ficciones: el artículo puede convertirse en relato, el ensayo en autobiografía y la lectura de otro autor en una forma indirecta de autorretrato.
También participa desde 2008 en la Orden de Caballeros del Finnegans, grupo creado alrededor de la admiración por el Ulises de James Joyce cuyos miembros se reúnen en Dublín durante el Bloomsday. El componente deliberadamente ceremonioso y humorístico de la Orden encaja bien con una faceta de Vila-Matas a veces oscurecida por la etiqueta de escritor metaliterario: su gusto por convertir la vida literaria en representación, juego y ficción colectiva.
De Dublinesca a la madurez
Tras Exploradores del abismo (2007) y Dietario voluble (2008), Dublinesca (2010) abrió otra etapa. Su protagonista, Samuel Riba, es un editor retirado que viaja a Dublín obsesionado con celebrar un funeral por la era de Gutenberg. La novela trasladaba las preocupaciones anteriores hacia un cambio histórico reconocible: la crisis del mundo editorial tradicional y la transición hacia una cultura digital. Obtuvo el Prix Jean Carrière y el Premio Bottari Lattes Grinzane.
Chet Baker piensa en su arte (2011) reunió relatos seleccionados por el propio autor e incorporó un texto inédito con el que volvió a explorar la «ficción crítica», territorio intermedio entre creación narrativa y comentario literario. Aire de Dylan (2012) y Kassel no invita a la lógica (2014) desplazaron sus procedimientos hacia otros ámbitos: la primera hacia la impostura, la herencia y el fracaso; la segunda hacia el arte contemporáneo a partir de su experiencia en la documenta de Kassel.
Para entonces la recepción internacional había cambiado de escala. En 2008 Francia lo nombró Caballero de la Legión de Honor y en 2014 Oficial de la Orden de las Artes y las Letras. Ese mismo año recibió el Premio Formentor de las Letras por el conjunto de su obra y en 2015 el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Estos reconocimientos certificaron una situación peculiar: durante años había sido considerado fuera de España un autor central de la narrativa europea antes de ocupar una posición equivalente en el canon literario español.
En Mac y su contratiempo (2017), un hombre sin empleo decide reescribir una mala novela de su vecino escritor, y Vila-Matas convierte la repetición y la copia en una discusión sobre la propia idea de originalidad. Esta bruma insensata (2019) lleva esa cuestión al extremo mediante un personaje que suministra citas a otros autores y enfrenta dos concepciones opuestas de la creación literaria. Ya no se trata simplemente de volver sobre sus antiguas obsesiones, sino de someterlas a variaciones que preguntan si todavía es posible escribir algo enteramente propio.
Montevideo (2022) marcó un movimiento más personal. A través de hoteles, habitaciones y ciudades comunicadas por signos misteriosos, el narrador busca recuperar el deseo de escribir en medio de una transformación vital. El libro conserva los procedimientos reconocibles de Vila-Matas, pero introduce una vulnerabilidad y una apertura hacia la experiencia que algunos críticos interpretaron como una renovación de su literatura.
Canon de cámara oscura
En 2025 publicó Canon de cámara oscura. Vidal Escabia encierra setenta y un libros en un cuarto oscuro y se propone construir durante setenta y un días un canon privado, desplazado de los oficiales. La novela regresa al procedimiento de Bartleby y compañía, pero incorpora cuestiones nuevas, entre ellas la inteligencia artificial, las voces ajenas que habitan la escritura y la sospecha sobre la propia identidad del narrador.
La carrera de Vila-Matas puede entenderse así menos como una sucesión de novelas que como la construcción persistente de una biblioteca personal. Su importancia no reside en haber inventado la metaliteratura, una tradición muy anterior a él, sino en haberla convertido en una forma narrativa propia y reconocible, conectando la literatura española con genealogías europeas y latinoamericanas que en sus comienzos ocupaban posiciones más excéntricas.
Esa misma elección explica tanto la admiración como las reservas que provoca. Para sus lectores más afines, sus libros ampliaron las posibilidades de la novela al mezclar narración, crítica, memoria y ensayo sin respetar fronteras genéricas. Para sus detractores, la recurrencia de escritores, citas, dobles y reflexiones sobre el acto de escribir puede producir una literatura demasiado encerrada en sí misma. La tensión no es accesoria: acompaña una obra que durante más de medio siglo ha hecho precisamente de esa pregunta —qué puede seguir haciendo la literatura cuando conoce demasiado bien toda la literatura anterior— uno de sus asuntos fundamentales.